Crítica a “Discurso del Santo Padre Benedicto XVI”
Fe y ciencia. ¿Puede la teología considerarse realmente una ciencia? ¿O es acaso un error de fundamento? La incógnita puede ser compartida con el ex sumo pontífice, pero la conclusión puede distar bastante de la de él.
Común es encontrar personas que, al
presentárseles el método científico como verdadera figura con criterio para
demostrar la verdad y explicar la misma, desaprueban el uso de este como
argumento, comúnmente por parte de los ateos, afirmando que el hacerlo es un
acto esencialmente hipócrita, pues quien sugirió el método también planteaba
ideas que buscaban sustentar la creencia en la existencia de Dios, como si el
hecho de plantear una idea correcta significara que todas las demás que le
sigan deben serlo, o que por admitir el planteamiento de alguien como cierto,
automáticamente se deba hacer lo mismo con los demás. Una clásica falacia ad verecundiam
La cuestión no es si en el caso
anteriormente planteado alguien tiene la razón (aunque puede que ninguno la
tenga), sino exhibir un posible caso similar en el discurso a criticar.
Pero antes es pertinente revisar
algunos otros puntos del discurso. Por un lado, está lo que se podría
considerar como un acto de conveniencia e incluso narcisista: afirmar que todo
aquel que busque la verdad está en búsqueda de Jesús, ya que para ellos (los
creyentes) Jesús es verdad. Esta
afirmación cambia por completo el debate, pues le adjudica de forma injusta la
razón a quienes crean en dicha afirmación. Así mismo, abre el espacio a
preguntas como ¿qué sucede con aquellos que buscan la verdad, pero son
indiferentes frente a la propuesta cristiana o incluso la aborrecen? O ¿qué
pasaría si alguien decidiera afirmar que la verdad reside en un objeto
aleatorio? Un zapato, por ejemplo ¿estaría en busca del zapato todo aquel que
esté en busca de la verdad? El debate es completamente subjetivo, pero puede
que lo más pertinente sea es admitir que nadie tiene realmente la verdad en sus
manos.
Luego, se nos plantea el amor como
el medio para lo que ellos llaman “segundo uso de la razón”, uso que valdría
exclusivamente en el ámbito personal, según quien plantea la idea. Esta
hipótesis contiene 2 principales errores argumentales. El primero es el simple
hecho de hablar sobre un uso personal de la razón, lo cual es algo fundamentalmente
incoherente, pues la razón debe ser meramente objetiva, aislada de cualquier
influencia sentimental que la pueda distorsionar, siempre y cuando lo que se
busque sea acercarse lo más posible a la verdad. La razón no puede cimentarse
ni dejarse guiar por figuras tan cambiantes, inestables y subjetivas como los
sentimientos y las emociones, lo que nos lleva al segundo error, divinizar el
amor. Exhibir el amor como algo misterioso, como un regalo divino o la
manifestación de algún supuesto ente todopoderoso puede ser poco objetivo. Lo
que llamamos amor no es más que la respuesta del cuerpo y la mente frente a las
interacciones entre hormonas y receptores hormonales. Es un mecanismo que está
presente, incluso, en especies sin raciocinio. Todo esto lo hace una base poco
confiable para poner en práctica la razón. Sin embargo, con esto no se busca
menospreciar el amor, pues su valor es incalculable. El amor es lo único que
salva a la humanidad de caer en el individualismo y egoísmo más tóxicos y autodestructivos.
Y finalmente, se debe retomar la
idea inicial: la presencia de falacias ad
verecundiam en el escrito de Benedicto XVI. Es un hecho reiterado, pues en
múltiples ocasiones se sustenta la idea principal con postulados pertenecientes
a personajes con cierta autoridad, postulados que bien pueden ser igualmente
criticados como el discurso en cuestión.
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